Temporalidades de la infancia
(apuntes metodológicos)
Por Mario Antonio Santucho
Hay muchas alusiones literarias a personajes que nunca dejaron de ser niños. Peter Pan y el Principito son sólo los más famosos. Pero nuestra vivencia es distinta. Nosotros crecimos, nos salieron arrugas y canas, echamos panza y hasta tuvimos hijos, y aún así volvemos una y otra vez a sumergirnos en esa dimensión infantil de la que quizás no podamos escapar nunca… ¡por suerte!
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“Yo no he asesinado a mi ángel. Eso es seguro.
A la hora de las quiebras fraudulentas,
nutrido de niños ocultos y de ensueños de tierra
está nuestro pájaro clarinete,
crespo cocuyo en la frente frágil de los elefantes
y las amazonas del rey Dahomey restauran con su pala
el paisaje desmoronado de los rascacielos de vidrio descolorido…”
El creador de estos versos es el poeta Aimé Césaire, nacido en Martinica hace casi cien años. Queriendo redescubrir el sentido de la negritud se volvió surrealista. Su intención era navegar entre las brumas de los recuerdos de la niñez, para evocar las lejanas significaciones africanas que flotaban todavía a comienzos del siglo XX en la isla caribeña, cuando aún era posible encontrar nativos llegados del continente negro, luego de haber sido reducidos a la condición de esclavitud.
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Traspasar el límite interno que el terror logró demarcar en cada uno de nosotros, para recuperar la capacidad de determinar el destino común y volver a imaginar un vínculo pleno con los otros.
Esta suerte de travesía ética debe considerar al unísono dos direcciones temporales contrapuestas. Quien persiga sólo una flecha de tiempo olvidando la otra, permanecerá presa de la trampa subjetiva impuesta por la dictadura.
El riesgo, pero también el método, parece ser la esquizofrenia. Las probabilidades de éxito son mínimas si el proceso no se despliega de manera colectiva.
La primera de estas dos trayectorias se cae de maduro: construir el presente, desarmando todo tipo de opresión, combatiendo cada signo de impunidad e injusticia. La otra flecha vuela rasante hacia atrás en dirección al pasado, para tratar de resucitar el espíritu de creación y rebeldía que los genocidas quisieron aniquilar.
Si tal conexión fuera posible, si el cruce fugaz de las dos flechas en el firmamento aconteciera, entonces el horror quedaría encerrado entre paréntesis, maniatado e impotente.
(Para desmentir al sentido común psicoanalizado: cuando volvemos a la infancia, al menos cuando yo experimento ese viaje, no es para recordar las pesadillas nocturnas, frías y monstruosas que de vez en cuando atormentaron nuestro sueño, sino para escrutar algo verdaderamente esencial y quizás innmobrable, una significación que nunca poseeremos del todo, aunque siempre la persigamos.)
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Y si al mismo tiempo sabemos que este capullo de imágenes y sensaciones que va floreciendo y se abre en el cuerpo del niño, cuyas raíces se despliegan sin distingo en la tierra de la madre en la que siguen buscando todavía su savia más profunda, quedó contenido como fuente viva en una memoria que, por ser originaria, no tenía espejo para reflejarse porque las palabras como meros signos aún no existían. Y que cuando al fin se hagan dos y se separen, y los cuerpos antes yuxtapuestos se desunan, y el sueño y la vigilia se distancien y el niño se haga hombre, el Uno sensible se mantendrá como el secreto de la unidad imborrable con la madre, aunque la “realidad” de los que sólo sueñan cuando duermen conspire para olvidarla.
Lo que acabamos de leer no pertence a un poeta sino a un filósofo, aunque cuando se trata de pensadores como León Rozitchner tales distinciones a veces se desdibujan.
Su artículo La Mater del materialismo histórico es un llamado a combatir la negación sistemática de aquellas significaciones originarias que adquirimos en los primeros escarceos mundanos, y que luego nutrirán el sentido de todos nuestros pensamientos. En esa lucha hay que elegir muy bien las armas, poniendo especiales reparos frente a las pretensiones del lenguaje racional. El método adecuado será el ensoñamiento, exploración sensible primigenia que nos recuerda hasta qué punto la imaginación es algo mucho más interesante que la memoria.
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En su novela de título Los topos, Felix Bruzzone utiliza las posibilidades que ofrece la ficción para hacer de su condición de “hijo de desaparecidos” el punto de partida de una trama policiaca francamente delirante. Al desestimar el tono solemne de los discursos sobre Derechos Humanos que hace más o menos treinta años retumban insistentes en nuestras biografías, el autor hace a un lado las figuras maternales de la abuela o la novia comprensiva y comprometida, para explorar relaciones de mucho mayor intensidad.
La metodología utilizada es genial: primero su hermano y luego el propio protagonista se hacen travestis, en una indagación afectiva que ya no puede ser meramente retórica ni identitaria. Se precisan otro tipo de cuerpos para encarnar sensiblemente lo que –por su propia desmesura– no admite expresión simbólica eficaz.
Pero en la novela el travestismo deviene traición, cuando quienes están en la búsqueda son capturados por los topos. Estos últimos no han cesado de cavar túneles en un mundo subterráneo que los reflectores del espectáculo tribunalicio no llegan a iluminar. Y a través de esos pasadizos ocultos se reconstituyen las sujeciones más opresivas e incofesables.
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Bab Aziz, el sabio sufi es un film iraní dirigido por Nacer Khemir. Una niña y su abuelo caminan durante todo la película por el desierto. Se dirigen a una reunión de derviches que acontece cada treinta años, para la que no existe ninguna cita prefijada. Cada quien debe caminar guíado por su mejor don, hasta dar con el sitio donde tendrá lugar el cenáculo, a riesgo de perderse.
A lo largo del recorrido se concretan distintos encuentros, más festivos algunos y otros que invitan a la meditación. Pero ninguno de ellos resulta ser el esperado concilio. Hasta que en cierto momento del otro lado de las dunas se escuchan músicas y cánticos. La chica ilusionada sale corriendo en dirección del murmullo pero cae de cabeza en la arena. El anciano, que es ciego pero también vidente, al ayudarla descubre una señal en su rostro y se produce el siguiente diálogo:
- Tú llevas la marca del ángel.
- La marca del ángel, ¿qué es eso?
- Mira, los bebés en el vientre de su madre conocen todos los secretos del universo. Pero justo un poco antes de su nacimiento un ángel viene a poner un dedo sobre su boca, para hacerles olvidarlo todo. En recuerdo de ese conocimiento perdido algunos tienen, como tú, una marca en el medio de su barbilla. Eso es la marca del ángel.
- Pero, ¿nos acordaremos algun día de todo aquello que supimos entonces?
El abuelo acaricia su larga barba blanca, piensa y responde:
- Puede ser.
Lo que de seguro no encontraremos en esta historia es un método, porque se trata siempre de crearlo.
martes, 11 de mayo de 2010
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